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El número de Dunbar: qué dice realmente y qué no

Es una de esas cifras que circula sin acompañamiento: puedes mantener unas ciento cincuenta relaciones. Aparece en charlas, en artículos de empresa y en manuales de diseño de comunidades, casi siempre presentada como un dato medido. No lo es, y la historia real es bastante más interesante que la versión de titular.

De dónde sale el número

La propuesta es del antropólogo británico Robin Dunbar, en los años noventa. El razonamiento no empezó con humanos. Empezó observando primates no humanos: en distintas especies, la proporción del neocórtex respecto al resto del cerebro correlaciona con el tamaño típico del grupo social. La hipótesis es que sostener relaciones cuesta procesamiento, y que el tamaño del grupo está limitado por ese coste.

Después se extrapoló esa relación al cerebro humano, y la extrapolación devolvió una cifra en torno a ciento cincuenta. Para contrastarla se buscaron paralelos: tamaños de sociedades de pequeña escala, unidades militares históricas, censos de pueblos, listas de felicitaciones navideñas.

Merece la pena detenerse en lo que eso es y lo que no es. No es la medición de la capacidad de nadie. Es una predicción obtenida extrapolando una correlación entre especies, apoyada después con ejemplos históricos. Y el propio cálculo no devuelve un número, sino un intervalo bastante ancho: ciento cincuenta es aproximadamente el punto medio de ese intervalo, no una constante.

La crítica seria

En 2021, un equipo de la Universidad de Estocolmo encabezado por Patrik Lindenfors reanalizó los datos con métodos estadísticos actuales. Su conclusión fue dura: el intervalo de confianza es tan ancho que la estimación no resulta utilizable para nada práctico. Con sus cálculos, el rango compatible con los datos abarca desde unas pocas decenas hasta varios cientos de personas, lo que en la práctica equivale a no tener una predicción.

Hay una segunda objeción, más conceptual y quizá más importante para quien lee esto pensando en sus propias amistades. Los datos del lado humano son promedios de grupos: tamaños de aldeas, de unidades, de comunidades. Un promedio de grupo no mide la capacidad de una persona concreta para mantener vínculos. Son dos magnitudes distintas, y el salto entre ellas se hace en la interpretación popular, no en los datos.

Lo mismo vale para la capa de estratos que suele acompañar a la cifra -unos cinco íntimos, quince cercanos, cincuenta amigos, ciento cincuenta conocidos-. Pertenece a la misma familia de estimaciones y está sometida a las mismas objeciones. Circula con una precisión que los datos no respaldan.

Qué queda en pie

Sería exagerado pasar de tratarlo como ley a tratarlo como basura. Lo que sobrevive a la crítica no es la cifra, es la intuición de fondo: mantener una relación consume algo finito. Tiempo, atención, memoria de lo que le pasa a la otra persona. Eso no requiere ninguna estadística para comprobarse; lo notas cada vez que descubres que no sabes nada de la vida de alguien a quien aprecias desde hace años.

Ahí está el uso legítimo de la idea, y es un uso como metáfora, no como medida. Explica por qué añadir contactos no añade cercanía. Explica por qué, tras una época social muy intensa, otras relaciones se enfrían sin que nadie lo decidiera. Y explica por qué intentar tratar a cuarenta personas como si fueran íntimas suele acabar en hacerlo mal con todas.

Cómo usarlo sin que se convierta en una vara de medir

Hay una manera de leer todo esto que hace daño: convertirlo en un inventario y ponerse a clasificar a la gente en niveles. Eso produce una relación bastante fea con las personas de tu vida, y además descansa en una precisión que, como acabamos de ver, no existe.

La lectura útil es más suave. Tu atención tiene límites reales; no eres frío por no llegar a todo. Las relaciones cambian de anillo con el tiempo, en las dos direcciones, y eso es normal y no requiere explicación. Y si notas que se te está escapando gente que sí te importa, el problema no es que hayas superado un número máximo: es simplemente que nada te la trae a la cabeza en el momento adecuado.

Ninguna cifra te va a decir a quién escribir esta semana. Y si alguien te presenta el ciento cincuenta como un hecho medido, ahora ya sabes qué preguntarle.